5:30 de
la mañana. Las alarmas de nuestros móviles se unen en un despertar épico en un
húmedo viernes del mes de octubre. Se solapan melodías y tonos acompañados del
errático y torpe movimiento en busca de la tecla que acabe con el sufrimiento.
Alguno de nosotros con sobrehumano esfuerzo enciende la luz de nuestro "zulo".
Hace tan
sólo unas horas, no podíamos dormir de la emoción que nos embargaba. Hace tan
sólo unas horas, llegábamos Unai y yo con más de mil kilómetros a nuestras
espaldas.
Nuestro
anfitrión, Leone se había encargado de procurarnos techo y cama en un diminuto
y minimalista hostal en pleno centro y que por unas horas, se había convertido
en el "Headquarter" del K.G.B. Nuestro objetivo: la incursión e
infiltración en la centenaria escuela de medicina.
Como en
muchas ocasiones, nos lo jugábamos todo a cara o cruz, a todo a nada. Al
parecer y por las noticias, estaba abierto y al decir abierto, me refiero a
abierto de par en par. Como siempre, corríamos el riesgo de "fail",
pero quien no arriesga, no gana.
El día
anterior, Leone se encargó de la prospección y nos corroboraba que si bien,
habían zonas sin vallas con acceso al perímetro, la puerta principal parecía
cerrada... la suerte está echada.
6:00
Desayuno breve y en poco más de diez minutos estamos aparcados en la zona con cámaras
en ristre. Efectivamente, hay zonas sin ningún tipo de valla y el acceso al patio
es fácil, pero la puerta da a una avenida que aún a estas horas, hay tráfico.
Para más inri, unos cuantos chavales se atrincheran en un portal a tan solo veinte
metros de nosotros. Hay que coordinar bien, se trata de entrar de forma
totalmente imperceptible.

Tras
cerrar la puerta, nuestra vieja compañera la
oscuridad nos acompaña en un
mortecino silencio. Desplegamos trípodes, frontales y algún que otro cachivache
alojado en la zapata. Leone se toma su tiempo, es el más desfavorecido en
cuanto a peso se refiere; no sólo lleva su réflex, también la videocámara
"pro" con unos cuantos quilos de más descansando en su hombro.
Por
norma, una de nuestras directrices es el silencio. Se trata de entrar y salir
en silencio. De respetar accesos, sin profanar contenido y continente, sin
dejar improntas de ningún tipo, dejando las cosas tal y como estaban, para
aquel que llegué detrás de nosotros, pueda disfrutar y fotografiar por igual. Pero
nuestro silencio es algo más... es un seguro para la propia integridad del
explorador; siempre es mejor escuchar a ser escuchado y aquella madrugada no
fue una excepción.
A punto
de empezar a subir por la escalera, empezamos a oír voces y por las miradas que
cruzamos, no era un brote de esquizofrenia. Se oían voces que bajaban y bajaban
rápidas, cada vez con más claridad. Instintivamente lo primero que hicimos fue
apagar luces y entrar en un debate de qué vía tomar: ¿salimos o nos escondemos?
Sólo unos segundos nos separan del inminente encuentro y la conclusión es
esperar. Encendemos nuevamente linternas y justo en ese instante dos chavales
giran en el último descansillo de la escalera, los haces de luz se cruzan y se
hace el silencio.
Al
vernos, saludamos con cordialidad a lo que devuelven el saludo. Ven nuestras
cámaras y asocian que somos parapsicólogos en busca de fantasmas, cazadores de
misterios del más allá o algo aún más disparatado. Aclarado el motivo y objeto
de nuestra visita, finalmente abandonan el edificio no sin antes desearnos
suerte.
A partir
de aquí, las fotografías toman el relevo y pasan a ser las protagonistas del
reportaje de hoy. Ante todo pedir disculpas por la calidad de las mismas. Y me
refiero a la calidad en general, encuadre, enfoque, luz, etc... La mayoría de
ellas se tiraron en total oscuridad, sin nada más que una linterna barriendo
cada estancia, cada pasillo, cada rincón del anciano edificio. Instantáneas
capturadas a ciegas, sin distinguir apenas el punto de enfoque. Fotos que podríamos
catalogar como documentales gráficos. Repito, mil disculpas y espero que al
menos está introducción compense.
Un
saludo.